Mens agitat molem II

     “Y yo, después que he hablado de la disciplina y de la moderación de los niños, voy a pasar al período de la adolescencia, hablando muy brevemente. Porque con frecuencia censuré a los hombres causantes de costumbres malvadas, los cuales confiaron los niños a pedagogos y maestros, pero permitieron que el ímpetu de los adolescentes anduviera suelto, cuando era necesario, por el contrario, poner en éstos mucho más cuidado y vigilancia que en los niños. Pues, ¿quién no sabe que las faltas de los niños son pequeñas y perfectamente sanables…? En cambio, los delitos de los jóvenes muchas veces son enormes y terribles: excesos en la comida, hurto de los bienes paternos, juegos de dados, banquetes, orgías, amoríos con doncellas y adulterios con mujeres casadas. Sin duda, conviene contener y frenar los ímpetus de éstos con todo cuidado, pues la fuerza de los placeres es algo incontrolable, rebelde y necesitado de freno, de modo que los que no se preocupan con energía de esta edad, sin darse cuenta están concediendo licencia para los delitos”. 

     “Por otro lado, son dignos de reprensión algunos padres que, después de confiar sus hijos a los pedagogos y maestros, no son en absoluto ellos mismos testigos oculares ni oyentes de la enseñanza de éstos, errando más de lo que sería menester. Porque ellos mismos deben hacer un examen de sus hijos cada pocos días y no poner sus esperanzas en la disposición del asalariado. Pues también aquéllos tendrán más cuidado de los niños, si de vez en cuando tienen que rendir cuentas de su trabajo. Y aquí viene muy a propósito lo dicho muy graciosamente por aquel cuidador de caballos: que nada engorda tanto al caballo como el ojo del rey”.

Plutarco, “Sobre la educación de los hijos” (Trad. José García López)

Mens agitat molem I

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     “Según eso, decía muchas veces con razón aquel viejo Sócrates que, si fuera posible, de alguna manera, subiéndose a lo más alto de la ciudad, se pondría a gritar: “¿A dónde, hombres, os dejáis llevar, los que ponéis todo vuestro esfuerzo en la adquisición de riquezas, pero os preocupáis muy poco de los hijos a los que se las vais a dejar?”. A estas cosas yo añadiría que tales padres actúan de forma semejante a como si uno se preocupara del calzado, pero tuviera poco cuidado del pie”.

     “Y muchos de los padres llegan a tal punto de avaricia y, a la vez, de odio hacia sus propios hijos que, para no pagar un mayor salario, eligen como maestro de sus hijos a hombres de ninguna estima, buscando una ignorancia barata. Por esto también Aristipo, no sin gracia, sino muy inteligentemente se burló de palabra de un padre vacío de inteligencia y sentido. Pues, habiéndole preguntado un hombre cuánto salario pedía por la educación de su hijo, le dijo: “Mil dracmas“. Al responderle el padre: “¡Por Heracles!, ¡qué petición tan excesiva! Por mil dracmas, en verdad, puedo comprar un esclavo”. “Y así, le dijo Aristipo, tendrás dos esclavos, tu hijo y el que compres”. Y, en general, ¿cómo no va a ser absurdo que acostumbremos a los niños a tomar los alimentos con la mano derecha y riñamos al que extiende la izquierda, pero, en cambio, no tomemos ninguna precaución para que escuchen enseñanzas correctas y apropiadas?”

     “Así pues, ¿qué les sucede a padres muy admirados, cuando han mal criado y mal educado a sus hijos? Yo os lo diré. En efecto, cuando, después de haber sido inscritos en la lista de ciudadanos, menosprecian la vida sana y ordenada y se precipitan en placeres desordenados y propios de esclavos, entonces los padres se arrepienten de la educación de sus hijos, cuando ya no sirve de nada, afligiéndose con los vicios de aquéllos. Pues, de ellos, unos aceptan a aduladores y parásitos, hombres perdidos y abominables, corruptores y destructores de la juventud; otros se consumen en banquetes; otros se pierden en juegos y malas compañías, y finalmente, algunos son alcanzados por vicios más audaces, cometiendo adulterios y yendo de juerga coronados de hiedra, dispuestos a comprar un único placer con la muerte. Pero si hubieran tenido tratos con un filósofo, quizá habrían aceptado obedientes los mandatos de éste y, al menos, habrían aprendido aquel precepto de Diógenes que, severo con las palabras, pero muy realista en los hechos, aconseja y dice: “Entra, muchacho, en un lupanar, para que aprendas que en nada difieren las cosas valiosas de las baratas”.

Plutarco, “Sobre la educación de los hijos” (Trad. José García López)

Opus laudat artificem

     Entre los innumerables monumentos arquitectónicos construidos por los romanos, ¡cuántos han escapado al registro de la historia!, ¡qué pocos han resistido a los embates del tiempo y la barbarie! Y, sin embargo, incluso las majestuosas ruinas que todavía se encuentran dispersas por Italia y las provincias bastarían para demostrar que aquellos países fueron en otro tiempo sede de un imperio culto y poderoso. Bastaría su grandeza o su belleza para merecer nuestra atención, pero resultan todavía más interesantes gracias a dos importantes circunstancias que vinculan la agradable historia de las artes con la más útil historia de las costumbres humanas: muchas de esas obras se construyeron con dinero privado y casi todas de ellas se destinaron al beneficio público.

     Es natural suponer que la mayoría de los edificios romanos, al igual que los más destacados, se edificaron por orden de los emperadores, que disponían de hombres y dinero sin límites. Augusto alardeaba de haber encontrado su capital de ladrillo y haberla dejado de mármol; la estricta economía de Vespasiano fue la fuente de su magnificencia; las obras de Trajano llevan la huella de su genio y los monumentos públicos con los que Adriano embelleció cada provincia de Imperio no sólo se ejecutaron bajo sus órdenes, sino también bajo su inspección directa. El propio Adriano era un artista y apreciaba las artes, ya que éstas engrandecían al monarca. Las fomentaron también los Antoninos, puesto que contribuían a la felicidad del pueblo. Con todo, si bien los emperadores eran los primeros, no eran los únicos arquitectos de sus dominios, ya que sus principales súbditos, que no temían declarar al mundo que poseían el temple necesario para concebir las más nobles empresas y la riqueza precisa para realizarlas, imitaban su ejemplo. Apenas se había inaugurado en Roma la altiva estructura del Coliseo cuando se alzaron otros edificios, sin duda de menor escala, pero de idéntico diseño y materiales, para el uso de las ciudades de Capua y Verona y sufragados por éstas. La inscripción del formidable puente de Alcántara atestigua que se tendió sobre el Tajo gracias a la contribución de unas pocas comunidades lusitanas.

     En las repúblicas de Atenas y Roma, la modesta sencillez de las casas particulares proclamaba la condición de igualdad de los ciudadanos libres, mientras que la soberanía del pueblo se representaba en los majestuosos edificios destinados al uso público; este espíritu republicano no se extinguió por completo con la llegada del lujo y la monarquía. Todos los barrios de la capital y todas las provincias del Imperio se embellecieron gracias al espíritu generoso de magnificencia pública y se llenaron de anfiteatros, teatros, templos, pórticos, arcos triunfales, baños y acueductos, todos ellos dedicados a favorecer la salud, la devoción y los placeres del más humilde ciudadano.

Gibbon, E., Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, 1788

Historia animalium

mosaico.jpg     “Eliano fue romano, pero escribía el griego como un ateniense de pura cepa. Paréceme digno de elogio este varón, en primer lugar, porque, a pesar de vivir en una ciudad de distinta lengua, consiguió con su esfuerzo hablar el griego con pureza; en segundo lugar, porque, aun siendo proclamado sofista  por aquellos que suelen otorgar este título, él no se prestó a que se le tuviese por tal…, sino que, considerando después de maduro examen que no estaba capacitado para achaques de retórica, se dedicó a escribir historia, y en esa actividad se granjeó general admiración…

     …Este hombre solía decir que jamás había salido de su tierra y viajado fuera de Italia, ni se había embarcado ni conocía el mar, de modo que gozaba de gran estimación en Roma por el alto aprecio que hacía de su género de vida. Fue discípulo de Pausanias, pero veía con admiración en Hérodes Ático al más variado de los oradores. Sobrepasó los sesenta años y murió sin hijos, porque con no casarse evitaba procrearlos. Mas no es ocasión de especular ahora sobre si esto acarrea felicidad o infortunio”.

                                                                                                  Filóstrato (II 31)

     Los corintios, y con ellos los lesbios, celebran el amor a la música de los delfines, y los habitantes de Íos, su condición afectuosa. Los lesbios cuentan la historia de Arión de Metimma, pero los habitantes de Íos cuentan lo concerniente al hermoso muchacho de la isla, a su diversión natatoria y al delfín. Un individuo de Bizancio llamado Leónidas cuenta que, mientras navegaba costeando la Eólide, vio con sus propios ojos, en la ciudad llamada Poroselene, un delfín domesticado que vivía en la playa y que se comportaba con los naturales como si fueran amigos personales. Y refiere que una pareja de ancianos alimentaba a este hijo adoptivo ofreciéndole los más apetitosos bocados. Además, el hijo de los ancianos era criado juntamente con el delfín y el matrimonio cuidaba de ambos, y, en cierta manera, a causa de la convivencia el muchacho y el cetáceo poco a poco llegaron a amarse  el uno al otro sin darse cuenta y, como se repite vulgarmente, “una mutua y augustísima corriente amorosa creció” entre ellos. Resultó, pues, que el delfín amaba ya a Poroselene como a su patria y cogió tanto apego al puerto como a su propio hogar y, lo que es más, devolvía a los que habían cuidado de él el pago del alimento que le había procurado.

     Y he aquí cómo lo hacía. Cuando se hizo grande y ya no necesitaba coger el alimento de la mano, sino que podía atreverse a alejarse nadando y a rodear y perseguir a las presas del mar, capturaba unas para alimentarse, pero otras se las llevaba a sus amigos, y éstos estaban enterados de ello y se complacían en esperar la parte que les traía. Ésta era una ganancia. La otra, la siguiente: los padres adoptivos pusieron al delfín como al muchacho un nombre y éste, con la confianza que otorga la común crianza, colocado de pie sobre un promontorio, lo llamaba por su nombre y al llamarlo empleaba tiernas palabras. El delfín, ya estuviera entablando una porfía con un navío provisto de remos, o buceando y saltando con desprecio de todos los demás peces, que, en bandadas, merodeaban por el lugar, o estuviera cazando porque se lo pedía el apetito, salía a la superficie con toda rapidez como un navío que avanza levantando grandes olas y, acercándose a su amado, jugueteaba y se zambullía con él. Unas veces nadaba a su vera, otras veces parecía como si el delfín quisiera desafiar e incluso animar a su amado a competir con él. Y lo que es más admirable, a veces renunciaba a ser el primero en la competición y se quedaba rezagado como si sintiera placer en resultar derrotado. Todos estos sucesos fueron divulgados clamorosamente, y a todos los que arribaban a la isla les parecía éste el espectáculo más estupendo de cuantos podía ofrecer la ciudad. Y para los viejos y el muchacho todo esto constituía una fuente de ingresos.

                                                       Claudio Eliano, De animalium natura, II 6