Mens agitat molem I

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     “Según eso, decía muchas veces con razón aquel viejo Sócrates que, si fuera posible, de alguna manera, subiéndose a lo más alto de la ciudad, se pondría a gritar: “¿A dónde, hombres, os dejáis llevar, los que ponéis todo vuestro esfuerzo en la adquisición de riquezas, pero os preocupáis muy poco de los hijos a los que se las vais a dejar?”. A estas cosas yo añadiría que tales padres actúan de forma semejante a como si uno se preocupara del calzado, pero tuviera poco cuidado del pie”.

     “Y muchos de los padres llegan a tal punto de avaricia y, a la vez, de odio hacia sus propios hijos que, para no pagar un mayor salario, eligen como maestro de sus hijos a hombres de ninguna estima, buscando una ignorancia barata. Por esto también Aristipo, no sin gracia, sino muy inteligentemente se burló de palabra de un padre vacío de inteligencia y sentido. Pues, habiéndole preguntado un hombre cuánto salario pedía por la educación de su hijo, le dijo: “Mil dracmas“. Al responderle el padre: “¡Por Heracles!, ¡qué petición tan excesiva! Por mil dracmas, en verdad, puedo comprar un esclavo”. “Y así, le dijo Aristipo, tendrás dos esclavos, tu hijo y el que compres”. Y, en general, ¿cómo no va a ser absurdo que acostumbremos a los niños a tomar los alimentos con la mano derecha y riñamos al que extiende la izquierda, pero, en cambio, no tomemos ninguna precaución para que escuchen enseñanzas correctas y apropiadas?”

     “Así pues, ¿qué les sucede a padres muy admirados, cuando han mal criado y mal educado a sus hijos? Yo os lo diré. En efecto, cuando, después de haber sido inscritos en la lista de ciudadanos, menosprecian la vida sana y ordenada y se precipitan en placeres desordenados y propios de esclavos, entonces los padres se arrepienten de la educación de sus hijos, cuando ya no sirve de nada, afligiéndose con los vicios de aquéllos. Pues, de ellos, unos aceptan a aduladores y parásitos, hombres perdidos y abominables, corruptores y destructores de la juventud; otros se consumen en banquetes; otros se pierden en juegos y malas compañías, y finalmente, algunos son alcanzados por vicios más audaces, cometiendo adulterios y yendo de juerga coronados de hiedra, dispuestos a comprar un único placer con la muerte. Pero si hubieran tenido tratos con un filósofo, quizá habrían aceptado obedientes los mandatos de éste y, al menos, habrían aprendido aquel precepto de Diógenes que, severo con las palabras, pero muy realista en los hechos, aconseja y dice: “Entra, muchacho, en un lupanar, para que aprendas que en nada difieren las cosas valiosas de las baratas”.

Plutarco, “Sobre la educación de los hijos” (Trad. José García López)

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