Opus laudat artificem

     Entre los innumerables monumentos arquitectónicos construidos por los romanos, ¡cuántos han escapado al registro de la historia!, ¡qué pocos han resistido a los embates del tiempo y la barbarie! Y, sin embargo, incluso las majestuosas ruinas que todavía se encuentran dispersas por Italia y las provincias bastarían para demostrar que aquellos países fueron en otro tiempo sede de un imperio culto y poderoso. Bastaría su grandeza o su belleza para merecer nuestra atención, pero resultan todavía más interesantes gracias a dos importantes circunstancias que vinculan la agradable historia de las artes con la más útil historia de las costumbres humanas: muchas de esas obras se construyeron con dinero privado y casi todas de ellas se destinaron al beneficio público.

     Es natural suponer que la mayoría de los edificios romanos, al igual que los más destacados, se edificaron por orden de los emperadores, que disponían de hombres y dinero sin límites. Augusto alardeaba de haber encontrado su capital de ladrillo y haberla dejado de mármol; la estricta economía de Vespasiano fue la fuente de su magnificencia; las obras de Trajano llevan la huella de su genio y los monumentos públicos con los que Adriano embelleció cada provincia de Imperio no sólo se ejecutaron bajo sus órdenes, sino también bajo su inspección directa. El propio Adriano era un artista y apreciaba las artes, ya que éstas engrandecían al monarca. Las fomentaron también los Antoninos, puesto que contribuían a la felicidad del pueblo. Con todo, si bien los emperadores eran los primeros, no eran los únicos arquitectos de sus dominios, ya que sus principales súbditos, que no temían declarar al mundo que poseían el temple necesario para concebir las más nobles empresas y la riqueza precisa para realizarlas, imitaban su ejemplo. Apenas se había inaugurado en Roma la altiva estructura del Coliseo cuando se alzaron otros edificios, sin duda de menor escala, pero de idéntico diseño y materiales, para el uso de las ciudades de Capua y Verona y sufragados por éstas. La inscripción del formidable puente de Alcántara atestigua que se tendió sobre el Tajo gracias a la contribución de unas pocas comunidades lusitanas.

     En las repúblicas de Atenas y Roma, la modesta sencillez de las casas particulares proclamaba la condición de igualdad de los ciudadanos libres, mientras que la soberanía del pueblo se representaba en los majestuosos edificios destinados al uso público; este espíritu republicano no se extinguió por completo con la llegada del lujo y la monarquía. Todos los barrios de la capital y todas las provincias del Imperio se embellecieron gracias al espíritu generoso de magnificencia pública y se llenaron de anfiteatros, teatros, templos, pórticos, arcos triunfales, baños y acueductos, todos ellos dedicados a favorecer la salud, la devoción y los placeres del más humilde ciudadano.

Gibbon, E., Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, 1788

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